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Pasos eficaces para salvar el matrimonio (Cimentación Familiar – Cap. 13)

Pasos eficaces para salvar el matrimonio (Cimentación Familiar – Cap. 13)No todo está perdido. Con ayuda de Dios podemos salvar el matrimonio.

Lucía y Ramiro estaban por divorciarse. Creían que su situación era tan compleja, que no había otra salida.

Al tomar la decisión no pensaron en sus hijos de siete y tres año, respectivamente.

Creíamos que era el camino apropiado”, me dijo Lucía mientras que Ramiro se lamentaba del daño que produjo la decisión.

Después de tres meses de separación, incluso con documentos elevados ante juez para oficializar la situación, hicieron un alto en el camino. Decidieron darse una nueva oportunidad y salvar el matrimonio.

Cuando un matrimonio atraviesa períodos críticos está viviendo la consecuencia de una concatenación de errores a los que, generalmente, no se le prestó atención a tiempo.

Las señales de alarma se encienden cuando la relación conyugal está gobernada por el individualismo. Cada quien piensa sólo en sus intereses y deja de lado a su pareja. Sencillamente la margina.

Descuidan los roles de la pareja, la comunicación es mínima porque las diferencias y conflictos no se dialogan, y además, se abandona el principio de expresar el amor, no solo con palabras sino con hechos.

Ninguna crisis se produce de la noche a la mañana. Téngalo presente. Es el fruto de situaciones que permanecieron en el tiempo, sin que se abordaran y menos, sin que se les buscaran soluciones con ayuda de Dios.

¿Cómo identificar un divorcio inminente?

A la falta de diálogo hay que sumar otras advertencias que surgen en el camino de una vida matrimonial en crisis.

Una de ellas es el distanciamiento físico, que viene de la mano con un progresivo distanciamiento emocional.

Súmele a lo anterior cuál es su actitud cuando surgen diferencias. Puede ser que dimensione trivialidades y las convierta en gigantes. Y aun cuando en lo más íntimo de su ser identifique que no hay motivo para desencadenar tormentas, lo hace, movido por el orgullo.

Estas señales de alarma son el común denominador en matrimonios en conflictos. A ellas se suman las agresiones físicas y verbales que acompañan muchas discusiones. Quien incurre en este comportamiento desconoce el daño emocional que produce en las personas a las que ama.

Y como colofón, está el dejar de hablarles a su cónyuge o tal vez a los hijos. Levantar barreras agudiza los conflictos y conducen a una espiral sin fondo que puede terminar en el divorcio.

Tenga presente que una separación no solo afecta a los componentes de la pareja sino que, además, produce dolor emocional, inseguridad y resentimiento en los hijos.

Siete pasos para salvar el matrimonio

Dios nos ha provisto de principios a través de las Escrituras que nos permite dar un vuelco en la historia familiar de crisis y salvar el matrimonio.

Hay siete pasos valiosos, con fundamento bíblico, que compartimos con usted. Podemos asegurarle que a pesar de ser sencillos, resultan eficaces:

1.- Revisar en qué estamos fallando

Uno de los errores en los que caemos con frecuencia es pensar que todo cuanto hacemos, está bien. De tanto repetir patrones de comportamiento, muchos de ellos equivocados, llegamos al convencimiento que es el mejor camino que podemos tomar.

Cuando decidimos salvar nuestra relación familiar con ayuda de Dios, el primer paso es hacer un alto en el camino para auto evaluarnos.

Aquí cabe tener en cuenta la enseñanza de Dios a través del profeta Jeremías, quien escribió: “Esto dice el Señor: «Deténganse en el cruce y miren a su alrededor; pregunten por el camino antiguo, el camino justo, y anden en él. Vayan por esa senda y encontrarán descanso para el alma. Pero ustedes responden: “¡No, ese no es el camino que queremos!”.” (Jeremías 6:16. NTV)

Lo más probable al hacer un examen con honestidad, es que descubramos todo el daño que le hemos causado a la relación, y encontremos en ese proceso, la razón para el distanciamiento que experimentamos en la relación conyugal y con los hijos.

Jamás es tarde para admitir que no hemos obrado bien, y de la mano con esa decisión, disponernos a corregir lo que ha andado mal.

Quien nos ayuda en toda esta labor de auto análisis es Dios, quien nos revela los yerros en los que incurrimos con frecuencia.

2.- Reconocer que las discusiones no resuelven los problemas

Entrar en discusiones cuando atravesamos por conflictos de pareja o con los hijos, no resuelve los problemas y, generalmente, tiende a agravarlos.

Cada uno de los cónyuges se esfuerza por demostrar que tiene la razón, y en ese propósito, es probable que pierda los estribos y termine por ofender a la persona con que unió su vida.

E l rey Salomón escribió hace muchos siglos un consejo que toma particular vigencia en nuestros días: “Evitar la pelea es una señal de honor; solo los necios insisten en pelear.” (Proverbios 20:3. NTV)

Admita que si ha considerado por años que enfrascarse en discusiones contribuye a encontrar soluciones a las crisis familiares, estuvo en un error. Sometiendo su situación en manos de Dios descubrirá que es hora de imprimir cambios en su forma de pensar y de actuar.

3.- Disponer nuestro corazón para la reconciliación

Infinidad de personas pretenden desarrollar intimidad con Dios, pero no perdonan a su familia. Albergan rencor contra su cónyuge o quizá con los hijos. Ese sentimiento se acrecienta con el paso del tiempo y termina por convertirse en una barrera gigantesca que resulta complicado derribar.

En la meta que nos fijamos de salvar nuestro matrimonio y cimentar una relación familiar a partir de principios y de valores, reviste importancia que dispongamos el corazón para reconciliarnos.

El Señor Jesús enseñó a una multitud de sus seguidores y a nosotros hoy:

“Han oído que a nuestros antepasados se les dijo: “No asesines. Si cometes asesinato quedarás sujeto a juicio”. Pero yo digo: aun si te enojas con alguien, ¡quedarás sujeto a juicio! Si llamas a alguien idiota, corres peligro de que te lleven ante el tribunal; y si maldices a alguien, corres peligro de caer en los fuegos del infierno. Por lo tanto, si presentas una ofrenda en el altar del templo y de pronto recuerdas que alguien tiene algo contra ti, deja la ofrenda allí en el altar. Anda y reconcíliate con esa persona. Luego ven y presenta tu ofrenda a Dios.” (Mateo 5:21-24. NTV)

El Dios de poder en el que hemos creído, es el Dios de la familia. Él instituyó la familia y, si pedimos su ayuda, nos permite encontrar salidas a las crisis.

¿Cree que perdonar la ofensa es muy difícil? Sin duda su perspectiva del asunto cambiará si decide pedirle al Señor que tome el control del asunto. Y darle poder para que maneje las cosas, incluye entregarle su corazón para que Él lo encamine hacia un perdón sincero.

4.- Darle el valor que amerita la familia

Quien no valora a su cónyuge ni tiene en estima a sus hijos, como una bendición de Dios, no está en el camino correcto para salvar su matrimonio.

Valorar ese espacio maravilloso que el Señor nos ofreció, incluye la fidelidad conyugal, dejando de lado todo pensamiento o comportamiento que pueda llevarnos a la inmoralidad.

Al respecto el autor sagrado escribió: “Honren el matrimonio, y los casados manténganse fieles el uno al otro. Con toda seguridad, Dios juzgará a los que cometen inmoralidades sexuales y a los que cometen adulterio.” (Hebreos 13:4. NTV)

Si decide que el matrimonio vale la pena y debe dedicar su corazón a salvarlo, el paso que dará a continuación es valorar su familia como una bendición y concederle a Dios el primer lugar, que es el lugar que le corresponde.

5.- Reconocer que hemos fallado

Una actitud orgullosa nos lleva a mantenernos cerrados a cualquier posibilidad de generar un acercamiento. Siempre encontraremos motivos para justificar nuestras acciones, así hayan causado mucho daño a nuestro cónyuge y a los hijos.

Admitir el error es un paso fundamental para alcanzar la sanidad interior, y además, para avanzar hacia la una adecuada intimidad con el Señor.

Al respecto el rey David escribió:

“Mientras me negué a confesar mi pecado, mi cuerpo se consumió, y gemía todo el día. Día y noche tu mano de disciplina pesaba sobre mí; mi fuerza se evaporó como agua al calor del verano. Finalmente te confesé todos mis pecados y ya no intenté ocultar mi culpa. Me dije: «Le confesaré mis rebeliones al Señor», ¡y tú me perdonaste! Toda mi culpa desapareció.” (Salmos 32:3-5. NTV)

Reconocer el error es primordial. No podemos esperar que nuestra relación conyugal mejore y que podamos tender puentes de acercamiento con los hijos, si no nos hemos tomado el trabajo de decirles: “Les he fallado y pido su perdón”.

El apóstol Santiago se refiere a esta decisión fundamental cuando escribió: “Confiésense los pecados unos a otros y oren los unos por los otros, para que sean sanados. La oración ferviente de una persona justa tiene mucho poder y da resultados maravillosos.” (Santiago 5:16. NTV)

Decídase hoy a dar ese paso. Puedo asegurarle que contribuirá decididamente en el proceso de salvar su hogar.

6.- Disponernos a perdonar

Cambiemos la perspectiva. Supongamos que no es usted quien ha tenido un alto grado de errores y equívocos sino su esposo o esposa, y tal vez sus hijos.

¿Desea salvar la familia? Entonces el paso que debe dar necesariamente se orienta hacia el perdón. No hay otro camino.

El apóstol Pablo abordó el asunto cuando escribió a los creyentes de Colosas: “Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros.” (Colosenses 3:13. NTV)

Si bien es cierto tenemos un inventario de los errores que ha cometido cada miembro de nuestra familia, es importante que admiramos que en toda esa concatenación de heridas emocionales nosotros hemos aportado nuestro grano de arena.

Si consideramos que perdonar es difícil, es tiempo de pedir ayuda a Dios. Él nos concede la fortaleza necesaria para lograrlo. No estamos solos en esa tarea.

7.- Deseche toda idea de divorcio

Si las discusiones no resuelven los problemas, mucho menos lo es el abrir espacio para pensar que a través del divorcio se acabarán todas sus dificultades.

No obstante es una de las palabras recurrentes cuando una pareja está discutiendo. “Lo mejor es separarnos”, aseguran en el calor de la rabia.

Y en muchos casos dan ese paso. Con el tiempo descubren que fue un error, quizá irreversible.

Dios nunca contempló la separación de un matrimonio. Enseñando a su pueblo, a través del profeta Malaquías, advirtió:

“Esta es otra cosa que hacen: cubren el altar del Señor con lágrimas; lloran y gimen porque él no presta atención a sus ofrendas ni las acepta con agrado. Claman: «¿Por qué el Señor no acepta mi adoración?». ¡Les diré por qué! Porque el Señor fue testigo de los votos que tú y tu esposa hicieron cuando eran jóvenes. Pero tú le has sido infiel, aunque ella siguió siendo tu compañera fiel, la esposa con la que hiciste tus votos matrimoniales. ¿No te hizo uno el Señor con tu esposa? En cuerpo y espíritu ustedes son de él. ¿Y qué es lo que él quiere? De esa unión quiere hijos que vivan para Dios. Por eso, guarda tu corazón y permanece fiel a la esposa de tu juventud. «¡Pues yo odio el divorcio! — dice el Señor, Dios de Israel—. Divorciarte de tu esposa es abrumarla de crueldad — dice el Señor de los Ejércitos Celestiales—. Por eso guarda tu corazón; y no le seas infiel a tu esposa».” (Malaquías 2:13-16. NTV)

Un amigo cayó en adulterio. Su esposa descubrió el comportamiento inmoral a través de mensajes de texto en el celular. Cuando él se vio descubierto, le desafió a divorciarse.

Pasados seis meses, la amante ya no era la misma persona que lo sedujo con sus encantos y le hizo la vida imposible.

Creo que tomé la peor decisión de mi vida”, me dijo. Sin embargo, ya era tarde.

Todavía está a tiempo

Es tiempo de reconoceré que ha venido fallando, que su comportamiento intolerante, carente de amor y de perdón, ha contribuido en todo ese proceso de desmoronamiento de la relación.

Si lo hace, y se prende de la mano de Dios, puede asegurarle que el curso de la historia de su familia puede cambiar para bien.

A quien debemos involucrar en todo este proceso, es a Dios. Él desea ayudarnos. Y sólo lo hará, si le pedimos que tome el control.

Su vida de hogar es muy valiosa, y el Señor espera que haga su mejor esfuerzo, con perseverancia y dedicación. Jamás pierda de vista el hecho de que al ir a Su Presencia, deberemos responder por nuestra relación conyugal y con los hijos. ¡Decídase hoy a cambiar!

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