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Cuando se apague la última estrella, ¿se acabará el mundo?

Hay temor por lo que está ocurriendo en nuestro mundo…¿Estamos a las puertas del fin?

Una espeluznante pesadilla ocurre ahora mismo en la costa oeste de América del Norte. Los restos de millones de estrellas de mar muertas y moribundas, atestan las costas desde Vancouver hasta San Diego. 

Esas estrellas son víctimas de una enfermedad rápida y atroz. Primero, el cuerpo del animal se desinfla, como si se le extrajera toda el agua. Luego, sus brazos característicos empiezan a curvarse, separando a estos animales de las rocas. Aparecen lesiones blancas, como aftas purulentas. Más tarde, la estrella estalla cuando sus órganos atraviesan sus paredes corporales. Sus brazos se desprenden. Finalmente, la estrella de mar se disuelve, como consumida por el ácido, convirtiéndose en una masa pegajosa.

Varios investigadores de Washington fueron los primeros en observar señales del denominado “síndrome de la enfermedad terminal” en junio de 2013, durante la observación rutinaria de poblaciones de estrellas de mar Pisaster ochraceus, de colores morado y naranja brillantes. El brote continuó durante todo el verano, extendiéndose hacia las costas del centro y el sur de California. Los científicos esperaban que decreciera durante el invierno. No fue así. 

Este verano, el brote se transformó en una epidemia a gran escala: ahora, pueden encontrarse estrellas muertas, de más de 20 especies diferentes, desde México hasta Alaska. Es difícil encontrar siquiera un solo grupo de estrellas que no haya sido afectado, señala Drew Harvell, catedrática de la Universidad de Cornell, quien dedicó el año anterior a seguir la pista del brote alrededor de las islas de San Juan, cerca de Seattle. El problema es tan grave que los investigadores han perdido la cuenta de cuántas estrellas se han perdido. Ellos calculan que han sido millones. 

“Es la epidemia más grande que hemos visto entre la flora y la fauna marina”, dice Harvell. “Hemos observado que nuestras poblaciones han pasado de miles de estrellas a ninguna en el espacio de un mes”. También se ha informado acerca del síndrome de la enfermedad terminal en poblaciones de toda la Costa Este, desde Nueva Jersey hasta Maine, aunque existen menos programas de observación para cuantificar su magnitud.

 Las estrellas de mar son voraces depredadoras y se encuentran en la cúspide de la cadena alimentaria costera; son miembros clave del ambiente que devoran mejillones, percebes y otros organismos. Sin las estrellas de mar, las redes alimentarias sufren tremendas perturbaciones: en Howe Sound, al noroeste de Vancouver, por ejemplo, los erizos de mar verdes, una de las presas de las estrellas de mar, se desarrollan sin medida y devoran enormes cantidades de algas marinas, que alguna vez fueron el hogar de jóvenes langostinos. Los langostinos utilizaban el alga marina como una guardería infantil; sin ella, los jóvenes langostinos no pueden desarrollarse. Y las costas que solían estar cubiertas de estrellas de mar y otras especies, ahora están cubiertas de percebes que se reproducen desenfrenadamente, lo cual es un signo de la pérdida de la biodiversidad de la costa oeste de América del Norte.

Nadie sabe aún cuáles son las causas exactas de la epidemia. Algunas pruebas indican que el brote se relaciona con el aumento de las temperaturas del océano u otras modificaciones debidas al cambio climático. No sería la primera vez: la propagación de enfermedades, relacionada con el clima, se ha documentado en corales y mariscos, aunque en menor escala que el síndrome de la enfermedad terminal que presentan las estrellas de mar. Esto puede deberse a que los microorganismos contagiosos crecen en temperaturas más cálidas. El año pasado, por ejemplo, los científicos descubrieron que el calentamiento del océano fomenta el crecimiento y la resistencia de bacterias patógenas en el mar del Norte en Europa. 

Bruce Menge, un ecologista oceánico de la Universidad Estatal de Oregón, ha estudiado a las estrellas de mar a lo largo de la costa de Oregón durante más de 30 años. Ahora, en algunos de sus regiones de estudio, no ha podido encontrar ni una sola estrella. “En lo profundo, me preocupa que esto pudiera ser un presagio de algún problema inminente y muy importante producido por el cambio climático”, dice Menge. “Si lo que estamos viendo en este ambiente marino es una señal de lo que podríamos ver en el futuro”, añade, “esto podría producir una alteración completa de los ecosistemas costeros”, afectando en última instancia a las poblaciones de peces y a las personas que dependen de ellas.

Por otro lado, la muerte de las estrellas de mar cautivas en acuarios de Seattle y Vancouver, en tanques que habían mantenido poblaciones sanas durante 40 años, indica que la causa es un microorganismo contagioso capaz de viajar a través del agua. Los acuarios mantienen temperaturas constantes en sus tanques pero los llenan con agua circulante del océano, así que quizás algo que había en el agua hizo enfermar a las estrellas que estaban en cautiverio.

Un equipo de ocho patólogos, dirigido por Alisa Newton de la Sociedad de Protección de la Flora y la Fauna, revisó atentamente varios portaobjetos con tejidos obtenidos de estrellas de mar muertas o moribundas, provenientes de acuarios y de las costas. “En los portaobjetos, no hemos visto ningún parásito, hongo u otro organismo específico en los tejidos”, dice Newton. Sin embargo, eso elimina solo a los elementos contagiosos lo suficientemente grandes como para ser vistos a través de un microscopio.

Para tratar de detectar microorganismos más pequeños, Ian Hewson de Cornell, uno de los pocos científicos en el mundo que se especializan en virus que contagian a los invertebrados marinos, secuenció el ADN de cientos de muestras de estrella de mar para buscar pruebas genéticas de un virus o bacteria pequeña. Recientemente, descubrió pruebas “muy concluyentes” de la participación de al menos un virus o bacteria, dice Harvell, pero hasta que otros científicos no examinen esa investigación, el equipo de Cornell ha declinado revelar la identidad del culpable.

Sin embargo, aún si el responsable es un virus o una bacteria, Newton, Harvell y otros científicos están de acuerdo en que, muy probablemente, la magnitud del síndrome de la enfermedad terminal es resultado de varios factores. El equipo de Harvell, por ejemplo, detectó una correlación entre las muertes de estrellas de mar y un incremento en la temperatura de las aguas territoriales, por lo que ella y su equipo llevaron a varias estrellas de mar a su laboratorio, donde podían controlar el ambiente, y descubrieron que las estrellas se deterioraban más rápido a temperaturas más cálidas. Si las temperaturas más cálidas aumentan la velocidad o la magnitud de la enfermedad, eso no es un muy buen augurio para los próximos meses: la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica pronostica que, muy probablemente, El Niño, que es un período de temperaturas inusitadamente cálidas en la superficie del océano Pacífico, comenzará este otoño y se extenderá hasta el invierno.

Por otra parte, el síndrome de la enfermedad terminal apareció en la costa de Oregón al mismo tiempo que el agua profunda y fría ascendió y llenó la zona, dice Menge, por lo que quizás el brote no se deba al aumento de la temperatura del agua, sino a otros efectos del cambio climático, como la acidificación del océano o la falta de oxígeno en el agua. 

De cualquier manera, si la epidemia fue exacerbada por el cambio climático, pronto podrían presentarse otras enfermedades extendidas similares en otros organismos marinos. Las estrellas de mar son, en cierto modo, el canario en la mina de carbón del océano. “Sinceramente, si se hubiera tratado de un diminuto gusano o de un cangrejo pequeño, todo este asunto podría haber ocurrido y ni siquiera nos habíamos enterado”, dice Harvell. “Las epidemias en el océano están, definitivamente, fuera de nuestra vista y fuera de nuestra mente. Por esa razón, nos tomó bastante tiempo comprender la magnitud de este brote”. Ahora, sin embargo, la preocupación aumenta. A mediados de septiembre, por ejemplo, el representante Denny Heck, de Washington, presentó ante el Congreso la Ley de Emergencias por Enfermedades Marinas, con el objetivo de crear una estrategia de respuesta nacional al síndrome de la enfermedad terminal de las estrellas de mar y otras emergencias futuras por enfermedades marinas.

En la Universidad de California en Santa Cruz, el catedrático Pete Raimondi y sus colegas han evaluado el impacto de la pérdida de las estrellas de mar. Ellos siguen supervisando las áreas costeras para ver si la ausencia de esta depredadora superior causará los efectos pronosticados, como el incremento de las poblaciones de mejillón y una pérdida de la biodiversidad. Si es así, eso no pinta nada bien para el ecosistema. 

Sin embargo, recientemente, el equipo de Raimondi vio un pequeño brillo de esperanza sobre la costa rocosa. Las pequeñas estrellas de mar, del tamaño de una uña del pulgar, se están aferrando al litoral. Raimondi no sabe aún si estos bebés son propensos a la enfermedad. Si lo son, las nuevas estrellas de mar no vivirán lo suficiente para reproducirse, y es posible que las poblaciones de estrellas de mar no puedan recuperarse el próximo año. “Este año podría ser la mejor y última oportunidad para estos animales”, dice Menge.

Pero si las estrellas jóvenes son resistentes a la epidemia y sobreviven, hay esperanza para las estrellas y para los ecosistemas en los que viven. “Debemos averiguarlo en los próximos seis meses”, dice Raimondi. “Estamos dándoles seguimiento. Veremos si estas pequeñas logran crecer”.   (Tomado de la Revista News Week México) 

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